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Cuando la placidez de la vida juvenil no había sido embestida por los avatares de la política, cuentan que los vieron, a ustedes tres, disfrutar del aguacero que a las dos de la tarde remojaba calles y tejados. Y dicen que acompañados de un entusiasta puñado de chicos corrían séptima arriba y octava abajo haciéndole el quite, esquivando el agua que se escurría desde los aleros de las viejas casas de bahareque. Y cogidos de la mano los recuerdan, saltando por encima de charcos y andenes desiguales y, parados al pie de algún bajante de aguas lluvias roto, aguardando por el húmedo testimonio de la dicha. El desafío no culminaba allí. Abrazados para contener el frío que pugnaba por meterse entre sus ropas los vieron dando vueltas al parque El Lago, mientras la magia de las empalagosas lenguas vencía un gigantesco helado de chocolate.